marzo 15, 2010

Nuestra obsesión, el pañuelo



03-14.jpgIlham Moussaïd debe de haber perdido la cuenta de los artículos que, sobre ella, se han publicado en los periódicos europeos. Tanto ruido, no es por ocupar el cuarto lugar de la lista política del partido anticapitalista (NPA), por el departamento de Vaucluse, con vistas a las elecciones regionales que se celebrarán hoy en Francia. El motivo que ha despertado el interés es que cubre su cabeza con un pañuelo, signo explícito de su fe musulmana.
¿Es compatible el pañuelo con el ideario político de un partido de extrema izquierda? ¿Es coherente que una mujer feminista cubra su cabeza con el pañuelo musulmán?
A veces tengo la impresión de que en Europa, y especialmente en Francia, le estamos cogiendo el gusto a que el debate se eleve por encima de la pesada realidad y se quede en el ancho mundo de las ideas.
Ilham Moussaïd es una joven de 23 años, estudiante, originaria de Marruecos que emigró a Francia a la edad de tres años. Hasta donde yo sé, un buen día, decidió, a diferencia de sus hermanas, cubrir su cabeza con el pañuelo.
En mi opinión, este trozo de tela, en jóvenes como ella, ya no puede ser analizado solamente desde una perspectiva religiosa. En el caso de las jóvenes europeas, tenemos que situar el debate en la relación que establecen con el país que las ve crecer.
Creo que tiene mucho de rebeldía, de inconformismo, de voluntad de emanciparse de una sociedad más cerrada de lo que se cree, obsesionada por algunas cosas y relajada en otras que, a su juicio, son más
importantes.
El pañuelo ya ha dejado de ser lo que era. En Europa, también es una forma de decir: aquí estoy, me tienes que ver y me tienes que aceptar como soy. ¿No somos todos iguales?
La noticia en el caso de Ilham es que ella ha encontrado una salida más que digna a su inquietud y quiere representar a la gente que, como ella, procede de los barrios más pobres, luchar por lo que ella cree utilizando una vía elaborada y muy adecuada: la política. Escuchémosla y que la voten aquellos ciudadanos franceses a los que convenza.
Creo sinceramente que también tenemos que ser críticos con nuestras obsesiones. El pañuelo musulmán lo está siendo. Tengamos claro, eso sí, los límites que no son otros que los de la dignidad y la autonomía personal. No me parece, aunque no me gusten los pañuelos, que Ilham sea una mujer víctima de una sistema patriarcal asfixiante o de una visión retrógrada de la religión musulmana. Sí que me atrevería a decir, en cambio, que, de forma un tanto idealista, adecuada a la edad, e ingenua, trata de mantenerse fiel a su origen denigrado y de plantarle cara a su sociedad actual poniéndola en un aprieto.
Seguramente ella no estará de acuerdo pero yo creo que tiene mucho de actitud defensiva. ¿Tienen razón de ser este tipo de actitudes? ¿Hemos hecho algo mal para que muchos hijos de inmigrantes no se sientan bien en su país? Me gustaría ver, escuchar y leer que en Francia, el paraíso de los debates, se formulan también estas preguntas.
La lógica de la exclusión actúa y genera reacciones desmesuradas, inadecuadas o polémicas. Lo importante es ver cómo la combatimos como sociedad. En este caso yo resaltaría que Ilham tiene 23 años y va en las listas de un partido político. Con el desinterés creciente de los jóvenes por la política, esta debería ser la noticia que, además, puede contener un mensaje muy positivo para otros hijos de inmigrantes: aquí tenéis un camino para combatir las injusticias. No es con la violencia que resolveréis vuestros males.
En España, he escuchado demasiadas veces que lo que sucede en Francia no nos llegará. De forma un tanto ingenua, estas voces parecen querer decir que aquí hacemos las cosas mejor.
Sin embargo, yo creo que Francia tiene más elementos a favor para ayudar a la integración de la gente originaria del Magreb. Conserva una influencia nada desdeñable sobre buena parte de estos países, traduce a muchos más autores e intelectuales árabes que nosotros, cuenta con más escritores originarios de estos países que escriben directamente en su lengua, el francés es un idioma que buena parte de los magrebíes siente como propio y, en general, conoce más y mejor su complejidad cultural. Y aún así, los problemas son muchos.
Si queremos aprender algo de sus errores, la lección principal a extraer es, a mi juicio, la de intentar combatir los guetos y luchar por la igualdad de oportunidades. Una asignatura pendiente en Francia.
El día 19 de febrero nos despertamos con la noticia de que en Pisos Planes, una barriada del municipio de Vendrell (Baix Pendès, Catalunya) se había producido un enfrentamiento entre los Mossos d’Esquadra y un buen puñado de vecinos. La chispa que provocó el enfrentamiento fue la solicitud de la documentación a un joven marroquí que llevaba hachís encima. Imposible evitar el temor de que aquí suceda lo que en las banlieus (Francia) en el año 2005.
En 2004 se aprobó en el Parlamento catalán una de las leyes que, en mi opinión, están más encaminadas a hacer frente a este tipo de problemas: la ley de barrios. A grandes rasgos, es una ley que propone una intervención integral en barrios con el objetivo de evitar su degradación y mejorar las condiciones de la gente que vive en ellos. El espíritu de esta ley es el de actuar sobre el conjunto y no sobre el individuo. Ayudar a resolver los problemas estructurales y, de paso, evitar estigmatizar de nuevo al colectivo originario de la migración como el receptor de todas las ayudas en detrimento de la necesidad del resto.
El dinero escasea y debemos de invertirlo en buenas ideas. Esta, desde luego, lo es.
Saïd El Kadaoui Moussaoui es psicólogo y escritor
Ilustración de Miguel Ordóñez

marzo 13, 2010

EL DEBATE DE LA RELIGION


El próximo mes de julio se cumplirán 30 años de la promulgación de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa (LO 7/1980). En este tiempo, la sociedad española ha sufrido un profundo cambio en materia de creencias que ha discurrido entrelazado con el resto de dinámicas sociales. Analizarlo no es sencillo, por su complejidad y porque la religión es siempre un tema espinoso en nuestro país.
La secularización generalizada en Europa, fruto de la modernidad, va haciendo que la religión pierda peso en la sociedad. Por otro lado, el incremento de la inmigración amplía cuantitativamente un pluralismo religioso que, aunque existía previamente, no era significativo. A estos procesos hay que sumar la herencia del impuesto régimen nacional católico, que, si bien formalmente terminó con el final de la dictadura, ha dejado importantes huellas que sólo en estos momentos comienzan a desdibujarse.
Desde una perspectiva sociológica, el cambio impulsado por los dos primeros procesos es patente; la religión tiene cuantitativamente menos peso y cualitativamente otra forma. Sin embargo, desde la perspectiva ideológica, el debate parece moverse en los mismos parámetros de hace tres décadas. En este contexto, el imaginario colectivo, que se alimenta en mayor medida del factor ideológico que del sociológico, mira la nueva realidad con una perspectiva poco actualizada, lo que produce un desajuste entre la representación del hecho religioso y la realidad del mismo.
Nuestro imaginario sobre la religión está marcado por tres dialécticas. La primera y más influyente es clerical/anticlerical. El país se ha dividido históricamente en católicos y anticatólicos en una tradición que arranca en el siglo XIX y que se amplifica en el franquismo. Pero la realidad es muy diferente. Las diversas encuestas sobre religiosidad que se han publicado en el último año permiten comprobar que aproximadamente un 28% de los ciudadanos se declaran católicos practicantes, algo más del 5% es creyente de otra religión y un 10% se declara ateo o no creyente en función de la categoría utilizada por la encuesta. Es decir, menos del 45% de la población tiene un interés explícito en la religión, ya sea en positivo o negativo. El resto se reparte entre un 45% católico no practicante y el 12% indiferente. Hay más indiferencia, pero no más animadversión; simultáneamente la sociedad creyente se ha pluralizado.
La segunda dialéctica es ciudadanía/religión. La dictadura definió la “españolidad” (identidad tipo) como un hombre, heterosexual, con formas patriarcarles, de cultura y lengua castellana, conservador y católico. No compartir uno de estos factores suponía estar fuera del espacio ciudadano y obligaba a vivir ese elemento fuera del ámbito público. Posiblemente, a excepción de la religión, el resto de los factores han evolucionado o están en proceso. Hoy se puede pertenecer a cualquiera de las culturas del país, tener cualquier ideología en el marco constitucional o vivir la propia identidad sexual sintiéndose perteneciente a esta sociedad. Y no sólo de derecho, sino que es parte del imaginario social. Sin embargo, en términos de creencia el imaginario todavía sigue sin evolucionar. No se entiende que haya españoles musulmanes y el hecho de creer en el islam sitúa a los ciudadanos, por generaciones, en la esfera de la inmigración.
La tercera es público/privado. Hasta el año 1978, la religión católica formaba parte de la estructura del Estado. Demostrar el bautismo católico era necesario para muchos trámites administrativos. La Constitución ubica la religión en el ámbito de lo privado, pero la mayoría de las prácticas religiosas se mantienen en el espacio público: procesiones, funerales de Estado, participación de autoridades eclesiásticas en actos civiles… Desaparece de las estructuras pero se mantiene por inercia en la cultura política y administrativa.
Pasemos del plano ideológico al sociológico. ¿Qué ocurre cuando un grupo de españoles protestantes (unas 500.000 personas) quiere abrir una iglesia en una de nuestras ciudades? El ayuntamiento correspondiente tiene un problema. Unos les pedirán que se conviertan en entidad cultural para así saber qué hacer; otros le aplicarán las ordenanzas de lugares de ocio para darles la licencia de apertura; otros simplemente dilatarán la respuesta. A la pregunta: “¿La parroquia católica tiene licencia de apertura?”, la respuesta es: “Siempre ha estado ahí”.
¿Qué ocurre cuando un español musulmán (aproximadamente 1.200.000 personas) quiere enterrarse en el cementerio municipal siguiendo su rito? La primera respuesta suele ser: “Que se entierre en su casa”. Para la mayoría, bien por años de residencia, bien porque ya han nacido aquí, esta es su casa.
¿Qué pasa cuando un concejal agnóstico tiene que desarrollar su labor durante una legislatura en un salón de plenos que preside una cruz, o cuando un español budista (unos 10.000) ha de recoger su despacho de oficial del ejército en mitad de una celebración católica? ¿Qué ocurre cuando una comunidad religiosa musulmana quiere solicitar un parque público para una ruptura del ayuno en Ramadán?
La anunciada reforma de la Ley de Libertad Religiosa va a abrir un debate que no debemos esquivar. Es necesario afrontarlo sin complejos y en profundidad. Sin olvidar la historia, pero desde nuestra realidad. Asegurando los derechos fundamentales (la libertad religiosa lo es) y los principios del derecho (la laicidad lo es). Hacerlo desde el paradigma de hace 30 años sería un tremendo error; hay algo más que dialécticas. Ampliemos la perspectiva para que podamos hacer la aún pendiente Transición en materia de religión y, esta vez, la hagamos mejor.
JOSÉ MANUEL LÓPEZ RODRIGO
Director de la Fundación Pluralismo y Convivencia